lunes, 11 de octubre de 2010

Creo en la televisión

 Hace tiempo, un periodista que fue la imagen de los informativos en la etapa de Calviño en RTVE, me soltó en su despacho que en aquellos años se vivió uno de los momentos de mayor libertad de la televisión pública. Lo peor de aquella afirmación fue que quien la pronunció se la creía. Eran los tiempos de la televisión única, pero desde entonces –y ha pasado la friolera de 30 años- todos, absolutamente todos los directores generales de RTVE han declarado en entrevistas que el Gobierno de turno nunca metió la mano en los informativos y que la independencia era absoluta del poder ejecutivo. Lo peor de esas manifestaciones era que ni ellos mismos se las creían.
   Viene este rollo a cuento de que desde la esfera política se cree que con una televisión bajo control se ayuda a ganar elecciones como las que tenemos a la vuelta de la esquina.Craso error. Quizá habría que recordar que UCD tuvo Prado del Rey en sus manos y se esfumó de la escena, que el PSOE de Felipe González dejó los trastos en 1996 con una televisión donde el que se movía no salía en la pequeña pantalla, y que en la era Aznar –con Urdaci liderando las audiencias de los Telediarios-, las urnas despacharon al PP y lo colocaron en la oposición.
Si me lo permiten, yo creo en una televisión pública fuerte donde la calidad no estribe en competir con las privadas produciendo programas clónicos de éstas. Creo en unas televisiones autonómicas que no supongan una sangría de millones de euros en la cuenta de resultados y que salen de los bolsillos de los contribuyentes. Creo en una televisión pública que sea capaz de sanear sus cuentas y  presentar números negros en sus balances anuales. Creo en una televisión donde sea posible ver una película en prime time sin tener que llegar a la madrugada. Creo en una televisión donde los programas empiecen a la hora a la que se anuncian previamente. Creo en una televisión donde los bloques publicitarios no arranquen 10 segundos después de haber comenzado un programa. Creo en una televisión pública donde sus directores generales no sean nombrados por su afinidad política. Creo en una televisión que sea capaz de  producir series de ficción que no estén cortadas por el mismo patrón de mediocridad. Creo en una televisión privada donde no todo sea hacer caja con la publicidad. Por creer, creo incluso en galas de televisión amenas. Y, de paso, creo en la necesidad de un Consejo Audiovisual que ponga orden al guirigay de la regulación televisiva que padecemos –sin entrar en sanciones- o la necesidad de un Archivo Nacional de la Televisión, de acceso público, donde sea posible empaparse de la historia y la actualidad del medio de comunicación al que dedicamos tantas horas de nuestras vidas.

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