jueves, 14 de octubre de 2010

El GPS de la inmigración

Unas prospecciones realizadas en un cementerio español sacan a la luz un rico tesoro oculto desde hace siglos. Nada más producirse el descubrimiento empiezan a ponerse en fila aquellos que reclaman ser los dueños. Como con el papel de su turno de una carnicería en sus manos, podemos ver a un destacado concejal de la ciudad donde ha saltado la noticia; tras él, un representante de la familia del finado que posee en propiedad la tumba más cercana al lugar del hallazgo; a continuación, un abogado contratado por Dirección General de Bienes Culturales de la administración autonómica del lugar; más atrás, un funcionario recién aterrizado desde Madrid procedente de un departamento del Ministerio de Cultura, al que sigue un empleado de la Diócesis más próxima. Cierran la fila dos ciudadanos que pasaban por allí a esa hora, un funcionario de la Diputación provincial, un constructor -nadie sabe aún en calidad de qué- y cuatro directores de sucursales bancarias, como si fuera la mañana del sorteo de la Lotería de Navidad. La estampa ficticia parece sacada de una pieza teatral que ni Arniches y Muñoz Seca de la mano podrían mejorar.
   La cruda realidad nos lleva ahora a un pueblo extremeño, donde hace una semana moría un vendedor ambulante -inmigrante africano- al deslizarse de noche su vehículo al mayor embalse de España. Su amigo copiloto salvó la vida y contó que no vieron cómo la carretera se cortaba abruptamente en aguas del pantano de La Serena, y que el GPS de a bordo les indicó que esa vía les conduciría a su pueblo de destino. El antiguo camino llevaba sumergido más de 15 años pero la cartografía del GPS no lo recogía, como no lo recoge tampoco Google Maps, ya que ambos señalan que ahí existe una vía circulatoria, sin subrayar que es una vía submarina. Las autoridades sólo se habían limitado a colocar un cartel anunciador de carretera cortada instalado a apenas 10 metros del fin del asfalto y el inicio de las aguas del embalse.
 ¿Se acuerdan de la fila del tesoro del cementerio..? Pues en el accidente de Extremadura no busquen a nadie entonando un mea culpa por un accidente que seguramente pudo haberse evitado. El Ayuntamiento más cercano, la Junta de Extremadura, la Confederación Hidrográfica de la que depende el embalse, el Ministerio de Fomento y la Diputación provincial se lavan las manos, miran para otro lado y aducen que esa carretera cortada no es de su propiedad o jurisdicción. O sea, que no es de nadie. Tom Tom, la empresa fabricante del navegador GPS que manejaban en el coche siniestrado, ni se ha dignado a responder por el error de sus mapas.
  ¿Se imaginan que una orden judicial obligase a las autoridades a señalizar correctamente esa carretera cortada, y que durante las obras los operarios descubrieran un tesoro o magníficos restos arqueológicos bajo la calzada? Ya saben, a formar una fila para reclamar el hallazgo y la propiedad de la vía desde tiempo de los romanos. Faltaría más.

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