lunes, 8 de noviembre de 2010

Calzoncillos y bragas revolucionarias

Vaya por delante que absolutamente todas las dictaduras son execrables por naturaleza y que entre una democracia imperfecta y un régimen autoritario siempre, por supuesto, defenderé a la primera. Quienes opinan que las dictaduras de izquierdas cuentan con ciertos valores que las hacen distintas a ojos de un demócrata pueden sentarse en el sofá y ver la película La vida de los otros (www.youtube.com/watch?v=eiFlAH02A4g) . La cinta alemana narra las interioridades del estado policial de la extinta RDA con una crudeza abrumadora. Será sólo cuestión de tiempo para que los cines estrenen filmes clonados pero ambientados en países como Cuba, Corea del Norte, China o Guinea Ecuatorial. Y será sólo entonces cuando algunos se caigan del caballo a cuyas riendas continúan hoy agarrados.
  Una pareja de mujeres cubanas compró ayer ropa interior por un valor superior a los 150 euros en un gran almacén de Madrid: packs muy económicos de calzoncillos, bragas, tangas y sujetadores. Nada de marcas caras, sino los más baratos. Mientras aguardaba turno en la caja detrás de ellas las escuché comentar -como los españoles,  los cubanos no se cortan al hablar en estéreo cuando salen a la calle- que se trataba de múltiples encargos destinados a familiares, vecinos y amigos de la isla caribeña.
   Si en la dictadura franquista y durante la Transición los españoles cuando viajábamos al extranjero, Ceuta y Canarias llenábamos las maletas de tabaco americano, whisky escocés y artículos de electrónica, los cubanos del siglo XXI lo que se llevan para sus compatriotas es algo tan alejado del lujo como pueden ser los packs baratos de ropa interior de una gran superficie como Carrefour. Ya sé que es un reduccionismo casi extremo y demagógico, pero algo va muy mal en un país cuando sus ciudadanos piden ropa interior a los que tienen la suerte de salir al extranjero.
  Quienes defienden al régimen de los Castro -otra dictadura comunista hereditaria como la de Corea del Norte- proclaman con orgullo que en la isla la sanidad o la educación son universales y gratuitas. Curioso. Se trata de los mismos argumentos que esgrimían los franquistas con la Seguridad Social creada en su seno. Si me apuran la comparación, los fantásticos hoteles españoles diseminados por Cuba son para Fidel Castro lo que las bases estadounidenses fueron para Franco.
   En La Habana tarde o temprano se zanjarán los 50 años de larga revolución castrista y seremos testigos de una transición similar a la española. Peor se vislumbra el futuro en otra excolonia hispana, Guinea Ecuatorial, donde la riqueza del petróleo hace surgir lo peor del capitalismo en forma de gobiernos occidentales que miran para otro lado tras 40 años de una dictadura de terror. Como en Cuba, aquí España ha de liderar un cambio inexorable que se empeña en llegar con retraso; empezando por gestos como no dar más citas en el Palacio de la Moncloa al caudillo Obiang o atajando cualquier punto de apoyo a los hermanos Castro. Las versiones cubanas y ecuatoguineanas de La vida de los otros desean ser rodadas, pero falta -no el presupuesto, que es lo habitual en estos casos- sino más bien un apoyo oficial claro para cerrar los guiones con un final feliz. El que persiguen los auténticos demócratas. Quizá el bicentenario de La Pepa en 2012 sea un escenario idóneo para la premiere del remake con sabor cubano aprovechando que Cádiz, ya se sabe por Carlos Cano, es La Habana con más salero.

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