martes, 9 de noviembre de 2010

Ex presidentes en la sombra

No sabemos qué hacer con nuestros presidentes del Gobierno cuando abandonan el poder. Continúa siendo una asignatura pendiente y así nos luce el pelo, porque tenemos probablemente lo que nos merecemos. En Estados Unidos lo tienen más claro porque allí cuentan con más experiencia: primero se le homenajea bautizando con su nombre una biblioteca y varios colegios públicos, un libro de memorias más pronto que tarde -como el que hoy presenta George W. Bush-, nombramiento como consejero o asesor de alguna empresa privada y más adelante un flamante aeropuerto con sus apellidos.
 Aquí no hemos confeccionado una hoja de ruta con los planes de jubilación de los ex presidentes de Gobierno. Y la liamos. Eso sí, las notas discordantes corren siempre de la mano y las bocas de José María Aznar y Felipe González. Adolfo Suárez es otra dimensión y el fallecido Leopoldo Calvo Sotelo ejerció mejor el cargo de ex que su breve paso como jefe del Ejecutivo.
  González y Aznar -tanto monta- no han sabido, querido o podido reciclarse y, buscándolo o sin pretenderlo, se han metido en fregados que han dejado con las vergüenzas al aire a sus sucesores al frente del partido o a los mandos del Gobierno. El penúltimo episodio lo ha protagonizado a sus 68 años el camarada Isidoro, quien en una entrevista en El País ha revelado que como presidente tuvo a finales de los 80 en sus manos la oportunidad de decidir "volar" y "liquidar" a la dirección de ETA, reunida en Francia, pero que no lo hizo. Lo peor es cuando González declara ufano: "Todavía no sé si hice lo correcto".
  Cuando parecía que el capítulo negro de la guerra sucia contra ETA se difuminaba de la historia reciente de nuestra democracia, y con el inacabable debate sobre el final de la banda terrorista resurgiendo cada vez que se aproxima una convocatoria electoral -como es el caso-, las revelaciones de González son todo menos oportunas. Aunque hay quienes pueden sostener que su salida de pata de banco no es sino un peaje acordado o exigido por los que andarían, desde hace meses y entre bambalinas, prepando el ansiado abandono definitivo de las armas.
  De momento, las confesiones de González sólo han servido para dar argumentos a los que le señalaron como elemento clave en la guerra sucia contra ETA, provocando de paso una crispación política de la que el ex presidente siempre abominó y culpó de instigar a sus adversarios políticos.
   González y Aznar deben mirarse en los espejos de Suárez y Calvo Sotelo e intentar pasar desapercibidos. Sus tiempos y sus politicas han de ser material de cultivo de las hemerotecas y no de las escaletas de los telediarios o de las primeras planas de los periódicos. Nos basta y nos sobra con sus respectivos sucesores y en arreglar una grave crisis económica como para fijar ahora la vista en el retrovisor del pasado.

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