sábado, 4 de diciembre de 2010

Así no hay quien viva

Los amigos los elige uno, los vecinos, no. Eso nos pasa con Marruecos y el régimen de Mohamed VI, que desde hace semanas con la crisis del Sáhara anda erre que erre empeñado en tensar la cuerda hasta límites insospechados mientras su Gobierno nos atiza con bocinazos estridentes. Puede que el Gabinete de Zapatero tenga una paciencia con Rabat que deje a Job en mero becario, pero la ciudadanía anda harta de tanta chulería de nuestros vecinos del Sur.
  Hoy sábado, por aquello de seguir haciendo amigos, en Marruecos hay montada una especie de sucedáneo de Marcha Verde que se aproximará a Ceuta. La iniciativa, que no puede ser más inoportuna, ha sido organizada por diferentes coletivos y cuenta con el apoyo de las autoridades alauitas. Y, claro, hay quien sostiene que hasta aquí hemos llegado y que basta ya de bravuconerías. Que a este lado del Estrecho, para empezar, hemos acogido con los brazos abiertos a cerca de un millón de ciudadanos marroquíes -casi 800.000 censados, según las estadísticas oficiales- que conviven en armonía y en paz entre nosotros. O que son multitud las empresas españolas que han invertido allí desde tiempos de Hasán II.
  La crisis abierta en el Sáhara en 1975 y agravada desde el mes pasado, por obra y gracia de Rabat, ha desembocado en un serial de desplantes y provocaciones desde Marruecos que no marcan  fecha de caducidad. Periodistas españoles tratados como ganado, manifestaciones contra el PP -que ya es hilar fino-, amenazas como las de "revaluar" las relaciones con España y, ahora como guinda, una marcha contra Ceuta, ciudad de soberanía española antes de que Marruecos existiese siquiera como nación.
  Con los EE UU mirando de momento a otro lado, la cuerda de las relaciones hispanomarroquíes puede rasgarse a las primeras de cambio. Washington nunca olvida que nuestros vecinos fueron los primeros en reconocerles como Estado tras su fundación en 1776, de ahí su tradicional e imperecedera amistad. Pero hete aquí que la Prensa española -tan odiada y perseguida por el régimen de Rabat- desvela estos días los informes secretos del Departamento de Estado de EE UU, en los que la embajada USA en Rabat resalta la corrupción en el país y apunta directamente a las altas intituciones alauitas encabezadas por Mohamed VI. Así las cosas, es la Casa Blanca la única que puede poner orden en el contencioso del Sáhara, porque si hay que esperar que la ONU o la diplomacia europea tomen cartas en el asunto, mejor montar una franquicia de paraguas y chubasqueros en el desierto saharaui.

  El Gobierno Zapatero debe meterse en el charco marroquí y abandonar la postura ambigua que ha adoptado no se sabe bien por qué. No puede ser que el vecino impertiente que dejó de pagar la comunidad baje con toda la familia a preparar barbacoas en los jardines y que luego monte un número en la piscina a la vista de los demás propietarios. Tampoco se le puede permitir que periódicamente nos dé la tabarra de madrugada con la música alta. Porque como en la serie Aquí no hay quien viva, España y Marruecos comparten edificio y zonas comunes, y si no es posible la amistad hay que buscar al menos que la convivencia sea lo más tranquila y amable posible.

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