lunes, 10 de enero de 2011

Justicia miope y cine tartamudo

El azar y quizá la justicia han unido esta semana a Cornelio Dupree y Rafael Ricardi. El primero acaba de salir de una cárcel de Texas donde ha penado 30 años por una violación que no cometió, tras convertirse en el preso inocente que más tiempo ha pasado recluido en un centro penitenciario de EE UU. El segundo es un gaditano analfabeto de El Puerto de Santa María que vio pasar hasta 13 calendarios completos en una celda por una violación que tampoco cometió.

   El grave error judicial que ha unido a Dupree y Ricardi les ha separado a la hora de cobrar la indemnización. Al ciudadano estadounidense el estado de Texas le abonará en breve en su cuenta 2,5 millones de dólares y una pensión anual de por vida como compensación. Ricardi se ha conformado con medio millón de euros -y gracias- que ha esperado a cobrar durante tres años a pesar de que su abogada reclamaba 10 millones. Cansados y hartos, obvian recurrir la ridícula cantidad por aquello de mejor pájaro en mano. Es decir, por cada día entre rejas ha cobrado 120 míseros euros. El preso español por no gastar en estos años de penuria, no ha gastado ni bromas. No en vano, al casero le debía un año de su modestísimo apartamento de 180 euros de alquiler mensual.
  El caso de Cornelio, tarde o temprano, llegará al cine con una película de campanillas made in Hollywood o a la televisión con una tv movie que recalará en las cadenas de medio mundo. La historia de Ricardi dormirá en las hemerotecas hasta que con su muerte se recuerde en obituarios poco extensos y con cobertura regional. Mientras el cine europeo es capaz de sacar de la tartamudez de un monarca una película que huele a Oscar -El discurso del rey-, en España seguimos revisando por enésima vez la Guerra Civil y películas que para comprender su argumento necesitan del espectador un máster en sociología y otro en metafísica existencial, si es que existen.
   La fijación y reiteración del cine patrio con la contienda del 36 es cómo si Hollywood estrenara periódicamente una del Oeste, otra de Vietnam y entre medias una de la II Guerra Mundial. Ricardi y los padres que batallaron durante años con el Supremo, hasta hace apenas un mes, para pedir justicia por un error médico que dejó a su hijo en silla de ruedas piden a gritos un guión. Pero hay demasiadas veces que injusticias de libro, cuyas historias con final feliz apasionan al público, no saltan a la gran pantalla y se quedan relegadas, a su pesar, en los sumarios de relleno de las noticias del día.

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