martes, 25 de enero de 2011

Las cajas de la guasa

Dos fechas del pasado y otra de ayer mismo. Vayamos por partes, que decía Jack el Destripador. 23 de febrero de 1983: el Gobierno de Felipe González, recién aterrizado en el poder, interviene Rumasa ante un agujero que se cifró en 257.000 millones de pesetas. 28 de diciembre de 1993, día de los Santos Inocentes: el Ejecutivo socialista, que enfila su salida en la última legislatura marcada por la corrupción, sorprende a todos e interviene Banesto por un agujero patrimonial de 600.000 millones de pesetas. Ayer, lunes, 24 de enero de 2011, día de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas: la vicepresidenta y ministra de Economía, Elena Salgado, se descuelga afirmando que las necesidades de capitalización de la banca española, especialmente de las cajas de ahorro, rondan los 20.000 millones de euros -unos 3 billones de pesetas-, aunque algunos expertos suben el montante incluso a los 80.000 millones.
  Si no se ha perdido ante la ensalada de millones, queda claro que los casos Banesto y Rumasa fueron dos juegos de niños en el recreo comparado con el pastizal que previsiblemente necesitarán muchas cajas de ahorros, y algún que otro banco, para no echar el cierre o ser nacionalizados en septiembre, como ya adelanta Salgado sin pudor. Las hemerotecas no mienten, y en septiembre de 2008 encontramos a Zapatero sacando pecho en el incio de la crisis: "España tiene un sistema financiero sólido y fuerte y es el único país desarrollado que no ha visto la crisis de un banco". Eran tiempos en los que poner en tela de juicio la economía nacional era un delito de antipatriotas. Eran tiempos del cheque bebé, con un millón de parados menos en el INEM y el Gabinete preparando la ayuda de los 426 euros, y ya puestos a tirar de demagogia, con el recibo de la luz, la factura del gas, el tabaco y la gasolina a unos precios aún razonables.
   Corría 1994 y el gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, había dimitido por su papel en un turbio asunto de corrupción. Un joven diputado de nombre Juan Pedro Hernández Moltó, encabezó en el Congreso un duro tercer grado en la comparecencia de Rubio, el ídolo caído: "Señor Rubio, ¡míreme a la cara! ¡De frente!". 16 años más tarde Hernández Moltó se ha ido de rositas, de momento, de la intervenida Caja de Castilla la Mancha -CCM-. Su peculiar forma de gestionar la caja de ahorros ha dejado un rastro en forma de agujero millonario -unos 4.000 millones de euros de nada-, con inversiones tan arriesgadas y fracasadas como el aeropuerto de Ciudad Real, donde los únicos aterrizajes en pista son de los vencejos de la zona buscando granos entre el asfalto. Quizá el ex responsable de CCM se merezca tarde o temprano que el eco le devuelva un enérgico: "Señor Moltó, ¡míreme a la cara! ¡De frente!".
   Hubo un tiempo no muy lejano en que las cajas de ahorro eran instituciones serias y pretigiosas, con una obra social impagable. Tener una cartilla de la caja provincial suponía casi un status de seguridad financiera personal. Los años 80, y la entrada en sus consejos de administración de políticos de medio pelo cuya formación económica se limitaba en ocasiones a las tablas de multiplicar, prendió la mecha de una catástrofe cuyo precipicio el Gobierno ha fijado para septiembre. Unas frenarán en el borde y otras caerán al vacío, víctimas del pufo del ladrillo, la crisis y una gestión alejada del sentido común y más pendiente de la ideología política, donde los créditos fallidos y condonados, casualmente, tenían siempre como deudor al partido del poder o el que podía hacerse con él. De cajas de ahorro serias y fiables, a cajas de Pandora con sorpresa y cajas de la guasa sin gracia, porque la factura de la barra libre supera los 20.000 millones.

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