domingo, 13 de febrero de 2011

El jeta y La Pepa

Al funcionario hispánicus de la Administración le ha relevado en el imaginario cañí el alto directivo jeta, cuyo hábitat no distingue entre lo público y lo privado a la hora de tricar y que actúa tanto en terrenos frondosos y opulentos como en campos yermos en barbecho asolados por las vacas flacas. Ahí tienen -como le contábamos ayer- a los 350 jefazos de Iberdrola que han llamado a los directores de sus bancos para que hagan obras de ampliación en las cajas fuertes, porque la eléctrica les va a gratificar con un bonus de 55 millones de euros. En Cajamadrid se ha parado en la prórroga el bonus de 55 millones para 10 directivos, pero el partido no ha finalizado y, aunque Rodrigo Rato ejerce de árbitro casero y como capo de la entidad no quiere soltar esa millonada, quizá esos 10 magníficos se salgan con lo suyo de algo que no es suyo.
   La primera vez que oí eso del bonus -nada que ver con el bonobus de su ciudad- fue hace más de 12 años. Una empresa donde trabajé -institución audiovisual privada para más señas- fichó, tras un proceso de selección de una compañía de cazatalentos que salió por un pico, a un ejecutivo que traía bajo el brazo un currículum de impresión. Aquello salió rana y su paso por allí duró apenas tres meses. Pero qué tres meses, oiga. En ese periodo, el gachó se subió el sueldo dos veces al margen de la junta directiva y bastándose con descolgar el teléfono y dar la orden al director de la sucursal con la que trabajábamos. Y no sólo eso, también le aumentó el sueldo a su secretaria y a una trabajadora de confianza, tambien, por supuesto, sin que se enterasen de ello la cúpula de la institución y el resto de la plantilla. Para aprovechar su estatus de ejecutivo fichado para profesionalizar la institución y traer patrocinadores, en su primera intervención en una junta directiva defendió la que fue su única propuesta a lo largo de esos tres meses: aplicarse un bonus en función de los resultados obtenidos.
  Y más. En esos 90 días nunca aterrizó por la oficina antes de las 12 del mediodía y cuando se le necesitaba y uno contactaba con él por teléfono te contaba, con total tranquilidad, que andaba paseando a sus perros por la urbanización. Como remate, dejó unas facturas de móviles similares a las que despacha un novio con la amante en Groenlandia. Al menos, que se sepa, no pidió una carta de recomendación.
   En Andalucía se anda desmadejando el escándalo de los ERE -Expedientes de Regulación de Empleo- donde se incluía a gente que en su vida había pisado la empresa afectada por la crisis. Los muñidores en la sombra del nuevo caso de corrupción -que ha estado en vigor desde 2005- hablan con descaro de un fondo de reptiles y lo defraudado va camino de los 700 millones de euros. La Junta de Andalucía, de momento, no sabe o no contesta a la hora de depurar responsabilidades de un escándalo que deja al caso Gürtel en calderilla de hucha.
Con un millón de parados a cuestas, el pueblo andaluz se prepara para aplicar un ERE a los gobernantes que no han sabido -y eso que 30 años en el poder dan para mucho- construir una comunidad  donde las oficinas del INEM dejen de ser tan transitadas como las playas de Cádiz en agosto. Después del País Vasco, donde se dio boleto al régimen del PNV con la victoria del PSOE, el turno del cambio quizá pase ahora por Andalucía. Será en 2012, para más señas el año del bicentenario de La Pepa, una Constitución breve pero revolucionaria. Una revolución democrática que, en 2012, dependerá del veredicto de las urnas.

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