sábado, 16 de abril de 2011

Ciencia-ficción muy real

Es difícil cogerle cariño a las multinacionales. Muy difícil. En España tenemos una que nos puso muy complicado verla con buenos ojos. En los 80, cuando aquí hablar por teléfono sin cortes ni interrupciones o que te pusieran línea suponía armarse de paciencia, su presidente, un tal Luis Solana, esculpió para la posteridad ante el aluvión de críticas: "La perfección es fascista". Menos mal que en la presidencia de la compañía de telecomunicaciones desembarcó Cándido Velázquez, que supo arreglar el desaguisado. A este jerezano, ya jubilado, te lo puedes cruzar por un parque de Majadahonda -a las afueras de Madrid- camino del podólogo, y te lo cuenta con toda la naturalidad del mundo.
   Su sucesor, Juan Villalonga -famoso por su compañero de pupitre Aznar- se ligó en el restaurante más chic de Majadahonda a la que fue mujer del mexicano Tigre Azcárraga. Fue antes de pegar el petardazo de las stocks options para directivos y salir escopetado de la presidencia. Y llegó César Alierta, salpicado por un poco decoroso caso de tráfico de influencias durante su etapa al frente de Tabacalera y donde se cruzan familiares.
   Alierta ha aupado a Telefónica al olimpo de las multinacionales pero no ha conseguido que el consumidor aprecie a una marca que le torea, sistemáticamente, cuando entra en contacto con su servicio de atención telefónica al cliente -mitad humano, mitad máquina- lo que ya en sí es toda una paradoja en una empresa de telecomunicaciones. Por no hablar de sus disparatadas tarifas de Internet, donde te cobran garrafón a precio de delicatessen y velocidad de Fernando Alonso a precios de Sebastian Vettel.
  Telefónica salta a los papeles porque planea mandar al paro a 6.000 de sus trabajadores en apenas tres años. Nos enteramos de la buena nueva horas antes de que la empresa diese el visto bueno a bonus por valor de cerca de 500 millones de euros para apenas 1.900 de sus directivos. O sea, unos a la oficina del Inem y otros a la oficina del banco más próximo para aumentar la cuenta corriente. Para echarle más guindas al pavo, el ERE de esos 6.000 empleados costarán a las arcas del Estado -léase usted y yo-, unos 250 millones de euros. Lo más grave, aún, de esto es que la compañía obtuvo el pasado año un beneficio récord que superó los 10.000 millones de euros. Parece el guión de una película de ciencia-ficción pero es tan real como que Mourinho no ha estudiado Relaciones públicas en su vida.
  Seguro que en breve Telefónica lanzará una orquestada y preciosa campaña de publicidad de algunos de sus productos. Será la mejor forma de acallar a los medios de comunicación más críticos ante el sinsentido de sus planes laborales, porque, ya se sabe, cuando no se tiene la razón se tiene una campaña de publicidad siempre a mano.
   Algunos días, rumbo al trabajo, coincido con Alierta en el atasco mañanero a las afueras de Majadahonda. Un atasco que muy pronto dejarán de disfrutar 6.000 de sus empleados.

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