miércoles, 15 de junio de 2011

Madroño con hojas de Bildu

Carlos García no lo sabe pero es un héroe de nuestra democracia. El, más que nadie, sí que tiene motivos de sobra para ser un indignado de primera. Las urnas del 22-M le colocaron como el único concejal de la localidad vasca de Elorrio, donde PNV y Bildu consiguieron el mismo número de ediles en la corporación. Carlos lo tuvo claro: su voto iría al partido de Urkullu para evitar a toda costa que los Sucesores e Hijos de ETA blandieran el bastón de alcalde.
  Como no podía ser de otra manera, Carlos salió escoltado de la casa consistorial este pasado sábado tras la constitución de la corporación municipal. Su vida ahora cuenta con dos sombras casi obligatorias: la del escolta y la de los simpatizantes de la izquierda radical abertzale increpándole en la calle por el delito de no compartir los ideales de una Euskal Herria de gudaris bananeros.
   Alberto Ruiz Gallardón no tuvo que ir a un pueblo de Euskadi para probar la democracia que defienden los indignados del madroño, una copia defectuosa de los cachorros de Bildu. Armados del valor que insufla una protesta surgida de las redes sociales, medio centenar de cobardes aguardó la noche del lunes a las puertas del domicilio del alcalde madrileño. Cuando Ruiz Gallardón bajó a la calle para pasear a su perro se topó con la protesta de unos indignados-indocumentados que le insultaron y persiguieron por no permitir este año actuaciones musicales en dos plazas públicas del barrio de Chueca durante las fiestas del Orgullo Gay, como han implorado unos vecinos que buscan descanso. Ya ve, un asunto de Estado. El regidor aguantó como pudo el vocerío junto a su mujer y la pobre mascota.

  El alcalde de la capital no es santo de mi devoción pero he echado en falta -y mucho- una declaración pública como muestra de solidaridad entre los adversarios políticos del regidor, especialmente del vicepresidente y ministro del Interior, responsable del orden público. Que el movimiento 15-M tome la calle no lleva implícito que sea suya, como bien sabe Manuel Fraga en sus tiempos de ministro de la Gobernación. Entre la inacción de Rubalcaba y "la calle es mía" del político gallego, seguro, existe un término medio.  Esa noche de autos trae a la memoria otras de cristales rotos o de cuchillos largos. El lunes, a las puertas de la vivienda de Ruiz Gallardón, el can no se sintió sólo entre tanto animal sin bozal.

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