viernes, 21 de octubre de 2011

Que pase el siguiente

La casualidad ha juntado en el calendario, con apenas unas horas de diferencia, la caída de dos dictaduras del terror arrulladas por la tiranía y amamantadas por el terrorismo. En Libia, los rebeldes han acabado con el coronel Gadafi, un sátrapa y dictador que detentó el poder en el país norteafricano desde la revolución de 1969. Sentado en sus pozos de petróleo y gas, resguardado por vestales-soldados en jaimas que llegó a  incluso hace unos pocos años en una sonada acampada cerca de Granada, Gadafi ha muerto a manos de sus ciudadanos y gracias a la ayuda inestimable de la OTAN.
   Las imágenes de su agonía a manos de una turba violenta no son aceptables, por muy responsable que haya sido de una represión de su pueblo durante décadas. Su fin es una fotocopia aumentada y corregida de las últimas horas de Ceacescu en Rumanía. Lo que no consiguieron los bombardeos de Trípoli en 1986 ordenados por Ronald Reagan lo han logrado unas balas rebeldes disparadas por los propios libios. El tiempo, las enciclopedias y la Wikipedia, colocarán a Gadafi en el selecto grupo de deleznable e inhumanos dictadores.
   Apenas unas horas después de las imágenes de que el cadáver del lider libio saltara a las portadas de internet, los iluminados de la txapela etarra anunciaban el cese definitivo de la actividad armada. Una noticia esperada y ya amortizada por una sociedad española harta y cansada de todo lo que rodea a la banda armada. ETA sale del foco pero no del escenario. Los pistoleros etarras ni entregan las armas, ni se disuelven ni piden perdón por sus cerca de 1.000 víctimas mortales -niños y mujeres incluidos- a lo largo de 43 años -desde 1968- dándole al gatillo, el amonal y el amosal.
   Los de la capucha del País Vasco siguen enrocados en sus planteamientos y tienen la desfachatez de incluir en su comunicado pasajes como un alucinante "nuestro reconocimiento y homenaje" para los "compañeros" muertos o que "están sufriendo la cárcel o el exilio". Así, sin anestesia. Por supuesto, ni una palabra sobre las victimas de su cruel terrorismo, y la misma escenografía visual de capuchas, hacha y serpiente para anunciar su alto el fuego permanente. Con estos mimbres, aunque haya cierta ilusión es mayor la desconfianza en la opinión pública española. Una sociedad que sabe que este cese ha sido posible gracias al eficiente trabajo de los cuerpos y las fuerzas de seguridad del Estado y a la tardía pero vital colaboración del gobierno francés. Aunque los etarras se vistan de seda, terroristas se quedan, y el próximo Gobierno tendrá por delante la tarea de introducir en el crematorio el ataúd de ETA, a ser posible con sus armas incluidas.
   El fin de la dictadura etarra y del régimen filoterrorista  de Gadafi no puede ni debe abrir el camino a fundamentalistas que acampen en el futuro tanto en las instituciones vascas como en el gobierno del país norteafricano. La democracia, en ambos casos y a pesar de todo, sale reforzada y mira ahora a una isla caribeña oprimida por la bota de otro dictador verde oliva. Que pase el siguiente.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Las cartas sobre la mesa y las armas también.