jueves, 9 de febrero de 2012

Encuentro casual

Entre nosotros: sólo he coincidido una vez en mi vida hombro con hombro a solas con el juez Garzón y, al principio, sentí algo de temor. El encuentro no fue en un juzgado o un calabozo sino en un urinario. Fue en la primavera de 1993, pocos días después de que el juez estrella de la Audiencia Nacional fichara como independiente por las listas del PSOE al Congreso por Madrid tras Felipe González.
   Aquello fue la bomba -su paso a la política, no nuestro encuentro en el urinario-. Entonces trabajaba en los servicios informativos de la Cadena Ser y Garzón iba a ser entrevistado por Iñaki Gabilondo. Andaba yo en la soledad de cara a la pared cuando allí entró un enchaquetado de volumen armario empotrado XXL. Giré la cabeza y aquel desconocido clavó su mirada en mi espalda al tiempo que escrutaba el resto del recinto. Era el escolta del magistrado, que saludó con su inconfundible voz y un educado "buenos días," al tiempo que se colocaba a mi lado para hacer lo que se hace uno cuando se cita en la intimidad con Roca, la empresa de sanitarios, no el político catalán padre de la Constitución. Nunca he vuelto a verle de cerca. A Garzón, no a Roca.
  Hoy Garzón es noticia mundial por su condena del Supremo a raíz de las escuchas del caso Gürtel. Como subrayó el rey en su último mensaje de Navidad, la justicia es igual para todos. Ese 'todos' afecta tanto a Urdangarín, como a Matas, Ortega Cano, Miguel Carcaño o Cabeza de cerdo. También, le pese a quien le pese, a Baltasar Garzón, funcionario público ahora inhabilitado por el vigente Código penal. Su condena no es un ejemplo de vendetta, ajuste de cuentas, injusticia... sino el mejor ejemplo posible de un concepto llamado Estado de derecho. Ese que todos recuperamos a la muerte de Franco. Ni más, ni, afortunadamente, menos.
   Garzón, el joven universitario que veía amanecer en el área de servicio del Cerro del fantasma -autopista Sevilla/Cádiz-, donde trabajó para así ayudar a pagarse la carrera, se enfrenta ahora a un nuevo escenario para su futuro profesional y personal. Una situación que le parecerá tan paranormal como aquellos extraños casos que llevaron a los lugareños a bautizar como Cerro del fantasma al lugar donde, a principios de los sesenta, se construyó esa área de servicio y donde ocurrían demasiados episodios inexplicables. Como, quizá, inhabilitar a un juez de fama mundial que iba para Premio Nobel.

1 comentario:

Daniel García dijo...

Garzón trabajo en una gasolinera? Las cosas que se entera uno leyendo tu blog.

un abrazo