jueves, 7 de agosto de 2014

Esto ya no es lo que era

Viajar en tren es un placer, siempre que Renfe no se empeñe en lo contrario. Este pasado mes de julio, como hace justo ahora 6 años, he viajado a Lisboa en un coche cama de gran clase a bordo del Lusitania, el trenhotel nocturno que conecta Madrid-Chamartín con Lisboa-Santa Apolonia. Un trayecto que dura toda la noche para apearse en el centro de capital portuguesa con los primeros rayos de sol del día.
   Hace 6 años el viaje fue un placer, ahora un placer venido a menos. ¿Y eso? Muy sencillo. Los de Renfe han bajado algo -sólo algo- el precio del billete a cambio de eliminar la cena y el desayuno que antes sí iban incluidos en la tarifa. Del coche restaurante de hace poco a un insulso y guarro coche cafetería que da grima visitar. Por un lado por el carácter arisco del camarero que atendía esa noche.
  Ya da un poco de nosequé entrar en el coche cafetería y tropezarse con la fregona con la que baldean el suelo y que, alguna vez, tuvo que ser de color amarillo. La cosa va a peor cuando la puerta abierta del lugar donde almacenan y preparan las bebidas y alimentos queda a la vista de cualquier viajero: unas cajas por alli, otras por allá, un pescado descongelándose encima de una encimera... No, aquello no es el Bulli y los de la guía Michelín no pasan por aquí.
  La señal más cutre de un lugar donde hasta hace pocos años se cenaba dignamente -y hasta románticamente- contemplando tras los cristales la noche de la sierra y al fondo el monasterio de El Escorial, se halla sobre el mostrador de la cafetería. Aquí está la prueba: un folio sucio, aceitoso, ajado, emborronado y asqueroso donde se oferta el menú para la cena. Sí, viéndolo entran ganas de pedir una coca cola y empezar dieta para irse a la cama sin comer.
  Definitivamente, cualquier tiempo pasado en Renfe sí pudo y fue mejor. Más aún recordando que en el mismo tren te daban un desayuno bufé espléndido al despertar y mientras las vías discurrían cerca del río Tajo para morir en Lisboa. Ahora uno se muere pero de tristeza.

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