jueves, 30 de octubre de 2014

Vado permanente de caraduras

Me gustan los que le echan cara a la vida, no los caraduras. Aquí tenemos a uno de estos últimos. Tiene un chaletazo en la zona residencial de El Plantío, en el linde entre Madrid y la ciudad de Majadahonda. También tiene un supercochazo 4x4 de alta gama y un perrazo ladrador que cuida su morada.
   Lo que no tiene es permiso para poner un vado de salida de vehículos, aunque intenta dar el pego y así ahorrarse el pago de esta tasa municipal. Me explico. El tío se ha comprado dos carteles de Vado permanente, con la señal de prohibido aparcar, y los ha clavado en la puerta del garaje de su casoplón que da a la calle. Por supuesto, no son los carteles oficiales de Vado permanente que autoriza el Ayuntamiento de Madrid a quienes sí cumplen y apoquinan la tasa.¿Qué diferencias hay entre una y otra placa? Aquí lo puede ver. Una (la primera) tiene su número de control del ayuntamiento y la otra -comprada en una ferretería o tienda del ramo- carece de cualquier número de control o el sello del consistorio de la capital y, así, se ahorra más de 200 euros anuales de la tasa. Además, el de la placa legal es su  vecino de al lado, pared con pared.  Mucho cochazo, chaletazo y perrazo para una estafita y fraude de caradura. ¡Ah!, y no se le ocurra aparcar frente al vado porque el dueño tiene un genio que paqué.


PD. Y, quién sabe, si la placa de la empresa de seguridad se la ha comprado también en un chino o birlado por ahí.

sábado, 25 de octubre de 2014

Vergüenza del toro de Osborne

Osborne, empresa de El Puerto de Santa María, es un icono de España gracias al toro diseñado por el portuense Prieto y que nos saluda desde las carreteras. Sin embargo, en una decisión incomprensible y lamentable, Osborne renuncia de su ciudad, de la que parece hasta avergonzarse. Aquí tiene la prueba: foto de la etiqueta de su vino blanco Gadir. Osborne refleja que su sede está en la calle Fernán Caballero -a tiro de piedra del Teatro Muñoz Seca, otro portuense ilustre- y añade el código postal 1500, que es el de la ciudad de Alberti.....pero la sitúa en Cádiz, la capital de la provincia. ¿Se avergüenza Osborne de la ciudad que la vio nacer a finales del siglo XVIII? No lo sé, pero yo me avergüenzo de Osborne en pleno siglo XXI por este pequeño pero gran detalle en las etiquetas de miles de botellas de sus vinos. Como me avergüenzo de los irresponsables que dejaron caer otros símbolos de El Puerto, desde Terry hasta el Vaporcito. Quizá Osborne ha sido primera en constatar la decadencia de una gran ciudad que sólo es recordada por sus cárceles.

domingo, 5 de octubre de 2014

Linces en la gasolinera

Hubo un tiempo -no muy lejano, no se crea- en el que las gasolineras eran sitios casi siniestros, cutrecillos, grasientos, oscuros y en las antípodas del marketing. Lo único bueno que tenían era el empleado de mono azul, con el emblema de Campsa o Cepsa en la solapa, y con un monedero/billetero de cuero a la altura de los riñones para cobrar y dar cambio al automovilista que repostaba. A nadie en su sano juicio se le pasaba por la cabeza bajar del coche y entrar en el local de la gasolinera, a no ser que fuera a preguntar si vendían tabaco o comprar una lata de aceite o un bote de Wynn's, aditivo para gasolina que se colocaba encima del surtidor como reclamo. Por supuesto, ni ir al baño, sinónimo de guarrería para película de Torrente.
  Quizá coincidiendo con el inicio de la entrada en vigor de las autovías, poco antes del mágico 1992, las gasolineras españoles comenzaron a cambiar de imagen, modernizarse y asemejarse a supermercados. Eso sí, adiós a los empleados, bienvenido al autoservicio e incluso pagar por echar aire a las ruedas. Por supuesto, nada de guerra de precios a pesar de la libre competencia que trajo supuestamente la liberalización del mercado.
  De aquellas gasolineras que olían a gasóleo derramado en el suelo junto a los surtidores, a las estaciones de servicio que huelen a pan congelado recién hecho. Unas gasolineras que, a pesar de los cambios revolucionarios, siguen manteniendo la venta de CD de música. Como lo oye, aunque no les de por oírlos y menos aún comprarlos. Aquí tiene la prueba en una gasolinera de Majadahonda, a las afueras de Madrid, ciudad pija y urbanita donde las haiga. Y con una oferta que incluye a Luis Aguilé -con 40 supuestos éxitos-, unos mariachis, al incombustible Ray Coniff y la desconocida Rocío Muñoz. Todos a 4,95 euros por CD.
  Seguramente pase por allí dentro de un año y el expositor no haya cambiado de fisonomía un ápice. Pero no me diga que el CD de gasolinera está en peligro de extinción a pesar de que internet haya mandado a los infiernos al boyante mercado discográfico. Nada de comprar por Amazon, iTunes o el Mediamarkt. La música se vende en la gasolinera. Por los siglos de los siglos.