sábado, 11 de julio de 2015

El club de los periodistas eternos

Pamplona, Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Navarra. Octubre de 1989, apenas a un mes del estreno mundial de la película El club de los poetas muertos. El primer día de clase en 3º de Periodismo conozco las asignaturas del curso, entre ellas Instituciones Jurídico Políticas Contemporáneas. "¿Qué coño será esto?", me pregunto sin tirar de eufemismos. Muy pronto sabré que esta materia viene adosada al mejor y más grande profesor que tuve durante la carrera: Francisco Gómez Antón, fallecido este viernes en México a los 85 años.
  No soporto los obituarios de periodistas que incluyen las muy manidas "maestro de periodistas, periodista versátil, todoterreno o -la peor- periodista de raza". Francisco Gómez Antón no era nada de eso sino periodismo virgen y en estado puro, a borbotones, real como la vida misma. Sólo con acudir a sus clases se justificaban las 200.000 mil pesetas que costaba ese año la matrícula de periodismo en la Universidad de Navarra , considerado entonces - y también posiblemente hoy- el mejor paritorio de periodistas en España.
   Nunca traté con él, me fue suficiente escucharle durante sus clases para darme cuenta de que ese hombre que hablaba desde la pizarra tenía un don especial: te metía en el cuerpo su asignatura y te provocaba que quisieras terminar la carrera para escribir crónicas políticas. Gómez Antón nos descubrió cómo eran y funcionaban los regímenes políticos de China, Japón, Gran Bretaña, Italia, EEUU, Alemania, Francia y España. También el de la URSS, pero como ese año el país se desintegraba nos adelantó que no iba a caer en el examen "porque nadie sabrá -aventuraba- qué será de la URSS el próximo mes de junio".
  Gómez Antón fue el profesor Keating de una generación de periodistas que ejerce la profesión actualmente a duras penas, con sueldos ínfimos y condiciones precarias en la mayoría de los casos. Este vasco al que nunca volví a ver desde que abandoné el campus de Pamplona -y que me dio un aprobado justito y justo- fue mi "Capitán, oh, mi capitán". Con él aprendí que en mi profesión, como en la vida, hay que guiarse por el Carpe diem. Desde aquí mi homenaje, admiración y respeto para un grande del Periodismo.

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