jueves, 14 de enero de 2016

Ignacio Salas. In memoriam

Cuando nació la web de la Academia de Televisión, de la que fue su alma mater y presidente hasta 2006, más de un directivo del medio miembro de la institución se quejaba y contaba que no era nada serio que Ignacio Salas hubiera redactado un currículum tan impropio para regocijo de internautas. Escribía sobre sí mismo este vasco de Bilbao, español de la Ciudad de los Periodistas de Madrid, seguidor a pachas del Athletic y del equipo merengue y con una ideología tan centrista que daría el pego como asesor de Rajoy o ideólogo de Pedro Sánchez y Albert Rivera: “Es conocido porque es popular, es popular porque sale en la tele y sale por la tele porque es conocido. Es decir, que su fama es consecuencia de la repetición de sus apariciones. Algo así como el león de la Metro, la sintonía de Eurovisión o las campanadas de Fin de año”.
   Este barbudo de noble segundo apellido Lamamié de Clayrac, hijo del gran militar, historiador del ejército y pionero del paracaidismo Ramón Salas Larrazábal, vivió la etapa dorada de TVE, cuando el talento televisivo de España se concentraba en las instalaciones de Prado del Rey. Allí hizo prácticamente de todo pero, especialmente, parir guiones de un humor directo e inteligente junto a Guillermo Summers, un andaluz que queda ahora viudo y de luto. Ambos formaron un tándem inteligente y arrollador a pesar de que fuera de las cámaras su relación se asemejaba a la letra de una canción de Pimpinela. En la tele del bendito monopolio Salas triunfó con y Sin embargo te quiero, Segundos fuera, Esto es Joyibú, Juego de niños o Si te he visto no me acuerdo. Su última etapa en la tele pública que lo prejubiló con nocturnidad y alevosía en un ERE lo recluyó en Al habla en La 2, aquel canalillo donde trabajó todo el rojerío audiovisual durante la dictadura franquista.
   “Como es imposible aguantarle mucho tiempo seguido –seguía contado en su currículum-, ha sido sucesivamente; redactor, reportero, locutor, narrador, realizador, guionista, creativo y presentador de todo tipo de programas, lo que le ha dotado de una especial destreza para elaborar distintos tipos de banalidades”. Además, disfrutó del cheque extra mensual que durante casi 10 años le pagaba Citroën para ser el rostro y encargarse de spots de televisión junto a Summers. Ahí nacieron, con permiso del escándalo de Volkswagen, esos recordados “Olimpo de los Diesel” o “Diesel gustazo” hasta que el fabricante prescindió de la popular pareja en 2002. Su creatividad también llegó a letras de canciones del grupo Tam Tam Go!
   Adicto a los periódicos de papel, la radio, el fútbol de Zinedine Zidane, el tabaco, las mujeres y el ciclismo por televisión, labró amistad con los pioneros que pusieron en pie la televisión en España. Desde el realizador Pedro Amalio López al periodista Pepe Casas, el padre y creador del telediario y al que el telediario no dedicó un mísero segundo en la escaleta el día de su fallecimiento, un olvido que desgarraba a Salas porque esa TVE era su tele. “No es posible –clamaba- que la televisión en España hable de los festivales de cine más desconocidos y recónditos y sea incapaz de hacer lo mismo sobre los festivales de televisión. O que se vayan muriendo los creadores del medio en España y encuentren el silencio más absoluto en la pequeña pantalla”.
   Quizá hoy el adiós de Salas, víctima de varios cánceres, sí encuentre un hueco en la tele que siempre amó y defendió como presidente de la Academia de Televisión y como “peatón de la historia”, la forma con la que mejor se definía a sí mismo. En esa tele deja grandes colegas, como el gran cámara Evaristo Canete, y amistades interruptus como la de Letizia Ortiz. “Tienes que salir y conocer a una chica guapa que no tiene novio”, me decía celestinesco cuando justo por entonces la periodista vivía en secreto un noviazgo con el Príncipe Felipe. Su carácter en ocasiones ermitaño hizo que declinara asistir a la boda real porque “qué me voy a poner, junto a quién me van a sentar y de dónde saco yo dinero para hacerles un buen regalo”. Y no fue. Mientras, con una plantilla de cuatro gatos y un presupuesto de cuatro duros, ponía en marcha cada día una Academia de Televisión y creaba el Premio Talento a los profesionales tras las cámaras o el Premio Pilar Miró para guionistas de telefilmes. Y, siempre, esquivando grandes presiones de las cadenas para que sus premios anuales a lo mejor de la televisión fueran limpios y sin trampa ni cartón.
   Salas se ha ido además con un humor negro que ni el concejal Zapata. “Hoy empiezo –me contaba hace poco- mi tercera semana con cinco chutes de radio y uno de quimio. Y como el body nunca me ha dicho que tenga vocación de legionario, aunque esté como una cabra, no puedo evitar cierta inquietud a que se me acabe el chollo. En todo caso ya me he mentalizado para ir al toro con senil desenfadado y sin perder la sonrisa”. Este es su obituario y debe concluir así, con una sonrisa. Con el cierre de emisión y carta de ajuste para quien admitía que soñó con ser “Billy Wilder, dibujo animado, delantero del Athletic o atleta sexual, pero como no valía para nada aprendió muy pronto a renunciar”. Alguien que soñó siempre con un gran Museo de la TV en España al que nunca renunció.

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